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Una ley de la vida

7 Abr

Si tomo más de lo que doy, mi autoestima baja. Si tomo menos de lo que doy, también mi autoestima baja. Cuando recibo algo que no me merezco, mi autoestima baja. Y cuando recibo algo que me he ganado, automáticamente mi autoestima sube. Así de fácil”

Yo te ayudo con tu tarea, tú duérmete. Yo te presto para que le pagues a tu amigo. No llores, yo le explico al vecino que rompiste el vidrio por accidente. No te preocupes, m’hijito, yo entrego la película. Tú ve, yo te cubro con tu papá. Yo te compro el coche…

¡Ah, cómo es ciego el amor de papás! Creemos que al resolver la vida de nuestros hijos ganamos el premio de “El mejor papá” o “La mejor mamá” del planeta y, para colmo, nos sentimos orgullosos.

Ignoramos o no queremos ver que, de esta manera, colaboramos a hacer de nuestro hijo o hija, lo que menos quisiéramos: un/a perfecto/a inútil, un/a sátrapa o un parásito precioso.

Los seres humanos somos muy listos. Desde bebés aprendemos que si lloro, me dan la mamila de inmediato. Que si gateo e intento ponerme de pie para alcanzar algo, mis papás me ayudan y me lo dan. Que si hago un berrinche, consigo la paleta, además de la atención de mis papás. ¿Y sabes qué aprendo? Que yo soy más listo que ellos, que los puedo manipular a mi antojo y que consigo lo que quiera. Además, encuentro una forma muy fácil y cómoda de vivir.

Conforme crezco, mis exigencias (claro) también crecen. Y mis papás son “tan buenos” que siempre me salgo con la mía. Lo aprendo tan rápido y fácil como que dos más dos siempre son cuatro.

A pesar de que en el momento creo sentirme feliz, algo en mí no está bien. Me siento inseguro en muchas cosas. Mi autoestima es cada vez más baja, porque no hice nada para lograr lo que tengo. No me esforcé y sé que no lo merezco. Además no lo valoro, porque nunca supe lo que se necesita para conseguirlo. Siento que si no cuento con la ayuda de alguien, no puedo hacer las cosas. Que soy poco inteligente, poco capaz, o poco hábil; en especial, cuando no estoy con mis papás. Me siento menos.

¿Qué pasaría si ellos no cumplieran mis caprichos? ¿Y si me dejaran fracasar? ¿Si me dieran la oportunidad de hacer las cosas y me motivaran a esforzarme por mí mismo/a? ¿Si tuviera que enfrentar la responsabilidad y consecuencias de mis actos?

Estoy segura/o de que en el momento me enojaría, y haría todo lo posible para que se arrepintieran por no ayudarme. Haría escándalos, les dejaría de hablar. Los chantajearía y daría portazos para tratar de conseguir el camino fácil. Sin embargo, aunque no me agrade, muy en el fondo sé que lo harían por mi bien.

Al ver la firmeza de mis papás y no encontrar otra salida, aprendería a hacer las cosas por mí mismo/a. Eso me proporcionaría cada vez más habilidades en la vida, sin importar con quién me encuentre. Me sentiría muy bien conmigo, importante, competente, responsable; dueño de mí, no víctima del mundo, porque sabría que este es un mejor lugar porque formo parte de él.

Decía Marco Aurelio: a tus hijos, edúcalos o padécelos. Es cierto. Y para construir la autoestima de nuestros hijos, la vida se basa en una ley muy sencilla: la del trueque. Si los papás comprendiéramos esta ley a tiempo, para así formar y no deformar a nuestros hijos con nuestro gran amor, nos ahorraríamos muchos problemas en la vida.

Ley del trueque: el dar y recibir siempre están relacionados. Si tomo más de lo que doy, mi autoestima baja. Si tomo menos de lo que doy, también mi autoestima baja. Cuando recibo algo que no me merezco, mi autoestima baja. Y cuando recibo algo que me he ganado, automáticamente mi autoestima sube. Así de fácil.

Si queremos que nuestros hijos crezcan y se desarrollen con una buena dosis de autoestima para enfrentar el mundo, este Día del Niño recordemos darles mucho amor, hacerles saber que valen y, sobre todo, enseñarles esta sabia ley de la vida.

Gaby Vargas
Fuente: Periódico Reforma

La actitud es todo

23 Oct

Siempre me ha gustado la manera en que Gaby Vargas expresa los temas y los consejos que da, por eso sigo su columna en Reforma y aquí les pongo uno de sus árticulos que mas me han gustado


“La actitud es el centro que gobierna nuestra vida: te empuja hacia las estrellas o te envenena y paraliza. No podemos cambiar nuestra altura o tipo de cuerpo, pero sí nuestra actitud”

Me fascina Galia Moss. Suena raro, pero lo que me encanta es su actitud. A los 31 años, cruzar el Atlántico sola por 41 días en un velero que en la inmensidad no es más que una cascarita de nuez, no es cualquier cosa. Me imagino que desde que la idea nació y hasta que culminó, tuvo que haber pasado por muchas etapas difíciles, planes, sueños, desencantos; buscar patrocinios, escuchar más de cien veces: “Estás loca” y demás adversidades.

Todos nosotros nos planteamos retos, quizá no tan valientes; sin embargo, no se diferencian mucho del de ella. Cumplir un sueño, el que sea, acariciado por años, sólo obedece a una cosa: actitud. Sí, la actitud constituye el ciento por ciento de todo lo que hacemos.

Leo en la página de Galia: “La verdad es que sí he tenido muy malos ratos, he llorado, he estado en silencio y seria; les he reclamado a las velas sus escándalos, y al viento el por qué no viene. Pero la verdad es que sí he podido estar casi todo el tiempo de buenas. Mucho tienen que ver los años que soñé estar aquí, pues ¡lo estoy viviendo!, ¡no es un sueño! Y algo que he aprendido es que es mejor darle una sonrisa al mal tiempo que darle la espalda o un reclamo”.

Todos tenemos nuestras travesías, y no es ningún secreto que la vida nos premia cuando la abordamos desde una actitud positiva. Nuestro reto, como el de Galia, es que en el momento en el que vivimos un golpe o llega la adversidad, nuestros mejores propósitos fácilmente se escapan por la ventana.

Sí, estoy segura de que la teoría todos nos la sabemos; el chiste es que en el momento de la verdad, sepamos sacar la casta.

Por ejemplo, ¿qué haces cuando una abeja se te para en la nariz?, ¿cuál es tu reacción frente a una mala noticia en el trabajo?, ¿cómo tratas al mesero que te trae mal el plato? o ¿qué tan complicada o fácil eres en una relación? La actitud es lo primero que notamos en una persona, y eso se debe a que involucra todo.

La actitud es el centro que gobierna nuestra vida: te empuja hacia las estrellas o te envenena y paraliza. No podemos cambiar nuestra altura o tipo de cuerpo, pero sí nuestra actitud. Víctor Frankl dedicó toda su vida a enseñarnos que se trata de una decisión y que la podemos desarrollar, así como cualquier otra habilidad.

Para modificar nuestra actitud, lo primero que tenemos que cambiar es el corazón (aunque suene cursi), porque ahí reside todo lo que somos. A partir del corazón entra y sale todo lo que somos, lo que nuestros ojos, oídos y boca escuchan, ven y dicen. Todo esto tiene un fuerte impacto en nuestro estado de ánimo, bienestar y actitud. Y ni hablar sobre quienes nos rodean.

¿Te imaginas lo que la cabeza de Galia le murmuraba antes de aventurarse al reto? Seguramente todas las razones por las que no tendría que ir. Sin embargo, es el corazón el que te dice: “Sí puedo, no sé cómo; fácil no va a ser, pero me prepararé lo mejor que pueda y me lanzo”. Y se lanzó. Y eso es lo que mueve a los grandes héroes y heroínas de la historia: el corazón.

Sin embargo, existen personas que en su corazón albergan sólo limón. Es una pesadilla toparte con ellas, porque siempre encuentran motivos que justifican cómo NO se pueden hacer las cosas y, si no hay problemas, los crean. Todo es complicado, agobiante. Y, por supuesto, llevan a cuestas una nube negra.

En cambio, qué delicia es encontrarte en la vida a personas que tienen la actitud de: “claro que se puede”; que siempre tienen una palabra amable y una sonrisa ante cualquier circunstancia.

Y tu actitud, ¿cómo anda?

Gaby Vargas
22 Jul. 07
Publicado en Reforma.com